Útiles e Inútiles escolares - Parte I
Ya estamos casi en Marzo, el mes más temido por las familias de Chile. Atrás van quedando los dÃas de veraneo, las playas, los lagos del sur, los viajes fuera del paÃs y la dulce relajación del descanso canicular, mientras los dÃas se acortan y el verano, poquito a poco, se convierte en otoño, casi sin que nos demos cuenta.
Para los mayores, Marzo significa patentes de auto, listas de útiles escolares, uniformes, matriculaciones en jardines infantiles, colegios, y universidades, la primera cuota de las vacaciones y docenas de gastos imprevistos. Para los cabros chicos, desde los tiernos estudiantes de kinder hasta los lolitos y lolitas en educación media, Marzo es probarse pantalones, chaquetas, camisas, jumpers y cotonas, zapatos y zapatillas, buzos de deporte, y luego visitar centros comerciales, grandes almacenes y librerÃas en pos de cuadernos, libros de texto, diccionarios, reglas, cartabones, compases y lápices, témpera, estuches, mochilas y tantos otros útiles que les acompañarán durante todo el año escolar.
Nuestos diligentes papás y mamás de los años 80 también tuvieron que pasar por aquel calvario cada año.
Originalmente, tenÃa pensado hacer un solo artÃculo con estos productos, pero al final, me he encontrado con tantos útiles escolares, y tantos recuerdos asociados a ellos, que no me queda más remedio que truncar el artÃculo en distintas partes, para poder concentrarme largo y tendido en cada recuerdo, y no tener que abreviar innecesariamente cuando hay tanto que contar.
Asà pues, acá empieza la primera parte de la serie dedicada a nuestros viejos y queridos útiles e inútiles escolares.
El Infaltable Estuche
Los estuches para lápices forman parte indispensable de la impedimenta escolar, sobre todo de la educación primaria. Algunos son tan sencillos como un sobrecito con cierre, y otros son enormemente sofisticados, con cerraduras de combinación, distintos pisos y docenas de compartimentos, pero el propósito es siempre el mismo: el guardar los lápices, gomas y otros artilugios para escribir y dibujar.
A algunos, sus estuches les servÃan año tras año de forma fiel (como, por ejemplo, al Feña Meza, cuyo fiel estuche de dos pisos le acompañó durante toda la educación básica y media), pero muchos otros acusaron el desgaste y el uso abusivo de sus irresponsables dueños (No nos culpen, ¡éramos niños!) y tuvieron que ser reemplazados casi cada año, sobre todo después de que las mochilas de paredes blandas se impusieran a los bolsones rÃgidos que cuidaban su interior en mejores condiciones.
El más básico de los estuches es la bolsa textil, de tela o nylon, del tamaño de un sobre convencional, que tiene un cierre de cremallera, perfecto para poner encima del banco en la clase; necesita poco espacio, de forma que se puede quedar ahà tranquilamente para tomar los útiles según se necesite y guardarlos en él una vez cumplida su labor.
En los ochenta, estos estuches a veces eran planos y no tenÃan ningún adorno, y otras veces, tenÃan figuras de personajes populares en nuestra niñez. Estos fueron de lejos los estuches más populares y comunes de encontrar en las mochilas, y escritorios, de los cabros y lolitos/as de aquel entonces.
También habÃa otros de similar tamaño pero que estaban hechos de lata, con múltiples formas y tamaños, aunque en general rectangulares e ilustrados con serigrafÃas de nuestros personajes de monos, bandas musicales, videojuegos o pelÃculas favoritos -porque, admitámoslo, los cabros chicos siempre son consumidores voraces de merchandising.-. Se abrÃan con una bisagrita en uno de los costados y se cerraban simplemente por presión, y la pintura de las esquinas y bordes solÃan desgastarse y mostrar el metal desnudo del que estaban hechos con frecuencia. De esos también habÃa muchos, sobre todo en colores rosas para las cabritas chicas, que hoy en dÃa suelen usarlos todavÃa para guardar en ellos sus productos de maquillaje.
Hay otros con cierre magnético y que se abren como un libro. De hecho, yo tuve uno, con motivos de la guerra de las galaxias, que usé entre el 81 y el 83 que no sólo tenÃa un cierre magnético sino que además tenÃa una pequeña ruedita con combinación para abrirlo. Lo cual era bastante estúpido de por sà -¿quién me robarÃa lápices?- pero choro, aunque tenÃa la enorme inconveniencia de que su tamaño, parecido al tÃpico estuche de VHS de comienzos de la década, hacÃa que fuera demasiado engorroso para tenerlo encima de la reducida superficie de mi escritorio. Por cierto, qué chicos eran esos escritorios: tenÃamos que hacer acrobacias para abrir el libro y apuntar en el cuaderno a la vez.
De vuelta a lo nuestro, ese tipo de estuche con cierre magnético también se hizo bastante popular. Me acuerdo que a finales de los 80 salió un modelo bastante choro con tres o cuatro 'puertas', incluÃdo un pequeño compartimento para la goma y el sacapuntas, todos con sus
correspondientes tapitas, y con las cosas que nos gustaban: los varones tenÃan estuches de GI-JOE, He-man, los Thundercats (pronúnciese 'zandrcatsss') y los Transformers, mientras las chicas preferÃan a los Cariñositos, la Frutillita Village (la de aquella época, no la actual), la infaltable Hello Kitty y, más adelante, los Popples, por poner algunos ejemplos.
Sorprende ver que tanto los cabritos como las cabritas de ahora siguen adorando los mismos personajes, lo que le hace sentir a uno un poquito menos viejo.
En España, sin embargo, existe y existÃa una filosofÃa diferente en torno a los estuches colegiales, vaya uno a saber por qué. Los estuches tradicionales por allà son similares a los necessaires de viaje (de hecho, hasta se llaman plumieres en vez de estuches), se abren con un cierre que permiten que el estuche se abra como un libro cuando está abierto y los lápices y demás útiles se aseguran por medio de una cinta elástica a sus paredes. El modelo tradicional tiene un solo piso, pero también hay modelos con dos y tres compartimentos que permiten alojar dentro hasta reglas, tijeras, compases y colecciones completas de lápices y scriptos.
Yo tuve uno, enorme (serÃan como 25 x 15 cms), a partir del 84 ú 85, que incluÃa entre otras maravillas una regla-plantilla con docenas de caracteres en mayúscula y minúscula, que me permitÃa rotular mis trabajos (y las historietas que dibujaba cuando estaba aburrido) con profesionalidad tipográfica, aunque la mayor parte de las veces, los caracteres estaban desalineados y torcidos.
A medida que los años van pasando, y que las exigencias del colegio se van limitando (especialmente en educación media), los estuches pierden su ubicuidad entre los útiles escolares -en educación media, por ejemplo, la mayorÃa llevamos el lápiz de pasta en el bolsillo- de modo que desaparecen de nuestra vida... hasta que nos toca ser papás y comprar los estuches a nuestros retoños.
Bolsón /gradualmente reemplazado por la Mochila
En los primeros ochenta la mayor parte de los cabros y cabritas no llevábamos nuestras cosas en mochilas, sino en bolsones rÃgidos, de imitación cuero, que ayudaban a mantener nuestros cuadernos y libros en buen estado, aunque tenÃan una especial predilección para reventar los yogures que nuestras mamás nos ponÃan para tomar en el recreo (hasta que apareció el Yogu yogu).

Eh... no, no somos TAN viejos. Al menos los nuestros tenÃan el cuero tintado. Aquellos bolsones Saxoline cuadradotes, que se llevaban a la espalda como si fueran mochilas y sobresalÃan de los hombros de los cabros y cabras chicos varios centÃmetros, eran lo justo y suficiente para llevar libros, cuadernos y el estuche. Y nada más. De hecho, por no tener, la mayor parte de los modelos no tenÃan ni un mÃsero bolsillito externo para llevar las bolitas, los trompos o las estampitas.
En aquellos primeros ochenta, era común ver a la entrada y salida de los colegios a decenas de cabros y cabritas, vestidos con cotonas -obligatorias hasta 6º básico, al menos en mi colegio, y llevando el bolsón bien equilibrado a la espalda. Porque, a diferencia de las mochilas, el correaje de aquellos bolsones era más bien frágil y estrecho y si lo llevabas en un sólo hombro, como hacemos casi todos -niños y adultos- hoy en dÃa, la correa se te enterraba en la piel y dolÃa mucho. Asà que o se llevaba completamente a la espalda o se utilizaba el asa de maleta que tenÃan, para descansar un poco los hombros.
Yo tenÃa por aquel entonces un bolsón muy raro. No era el tÃpico bolsoncito colegial de la época, sino un bolsonazo fabricado en Hong-Kong y que parecÃa destinado más al público yanqui que al local, una base de plástico rÃgido con una cubierta de colores chillones -rojo y azul- por fuera. Y tenÃa otro compañero en el curso que tenÃa el mismo modelo con los mismos colores, también, por lo que no me sentà tan desubicado. El bolsón aquel me acompañó hasta el 84 ú 85, si no me equivoco, y terminó reventado, deshilachado y aplastado.
Desde entonces, empecé a llevar las cosas en un bolso como éste de Iberia, aunque con colores ligeramente diferences, un regalo de Iberia a mà y a mi hermana por viajar tanto en ellos (recuerden que soy español y que viajábamos allá una vez por año, un manso viaje). La verdad sea dicha, esa bolsita no estaba pensada para llevar libros y cuadernos pesados, por lo que no tardó en ceder: las anillas que sujetaban las correas, sujetas a una tensión muy grande, se abrÃan poco a poco hasta que un buen dÃa cedieron del todo y arrojaron al suelo la bolsa llena de pesados libros.
Por aquel entonces el resto de mis compañeros ya usaban mochilas, pero no eran las sofisticadas que se usan hoy, sino bolsas textiles sencillas, hechas de tela impermeable que, como mucho, traÃan una bolsa extra. Y tenÃan un único color, normalmente azul, rojo oscuro o negro. Y eso nos era más que suficiente para ir y venir al colegio. Lo normal en las atestadas y multicolores micros de mediados de los ochenta era que, en las horas punta de entrada y salida de los colegios, hubiera todavÃa menos espacio porque, al igual que ocurre hoy en dÃa, los cabros no se quitaban su mochila de la espalda una vez dentro. Me alegra informarles que en la actualidad, los pingüinos siguen haciendo gala de la misma falta de respeto común y civismo, sobre todo si van en grupo, lo que me hace sentirme, una vez más, menos viejo.
Eso sÃ, las mochilas han cambiado. Sus diseños, la mayor parte de las veces, son una verdadera diarrea de colores chillones, con personajes que la mayor parte de las veces no conozco ni de rebote, y tienen una media de novecientos veintiochomil seiscientos sesenta y cinco bolsillos, para el MP3 con canciones de regetón, el MP4 con video de regetón, el celu con melodÃa de regetón y la plástechon tres con el güitar jiro regetón edishon -cosa que los hace todavÃa más voluminosas-, y marcos de aluminio y rueditas para llevarlas de acá para allá sin tanto esfuerzo. Lo cual no deja de ser un avance.
Libreta de comunicaciones (¡ay!)
La libreta de comunicaciones, junto a la de notas, fue posiblemente el artÃculo más temido y odiado que contenÃan nuestros bolsones, bolsos y mochilas a lo largo de nuestra vida colegial. Y lo era no tanto por sus contenidos, que siempre empezaban con un "Sr(a) Apoderado(a): Comunico a Ud. que...", sino porque tenÃan que ser firmadas por nuestros papás o mamás (los famosos apoderados, palabra que me suena horrible, honestamente) para que constara que el mensaje les llegó. Si se trataba de un mensaje sencillo y dictado a todo el curso, como por ejemplo, que el dÃa siguiente se salÃa a una hora más temprana, no habÃa mucho problema. Pero lo peor venÃa cuando el profesor o el inspector te dictaba la nota sólo a tà y a nadie más. Porque eso significaba que habÃas hecho una diablura lo suficientemente grande como para merecer ser retado por los papás. O apoderados. Entonces la libreta de comunicaciones se convertÃa en una carga pesada y agobiante, ahÃ, en el fondo del bolsón, y procurabas darle la nota a tus papás o apoderados lo más tarde posible, porque el reto y/o castigo eran imposibles de esquivar. Igual que con la libreta de notas.
En mi colegio, el San Pedro Nolasco, tuvimos una libreta cada año durante todo el tiempo que estuve allá. Libreta que habÃa que comprar en el mismo colegio, y que incluÃa el reglamento escolar -que obligaba a los varones a llevar el pelo corto, sin cubrir el cuello de la camisa, y a las mujeres el llevar la falda del jumper como mucho a seis centÃmetros de la rodilla-, además del himno oficial del colegio, que nos tenÃamos que aprender de memoria para cantarlo todos los lunes y en eventos especiales (como cuando pasamos de quinto a sexto básico).
En mi caso, nunca tuve problemas graves con el diario transcurso de la clase, dada mi naturaleza mansa y pacÃfica, pero sà me echaron de clases una vez, porque me pescaron hablando con mis compañeros. Y sólo me echaron a mà porque fui el único al que nuestro profesor cachó. También confieso que soy un poquito vago, y más de una vez tuve que llevar la libreta de notas con un embarazoso "No hice la tarea de..."
En el San Pedro Nolasco, por aquellos años, habÃa también un libro de anotaciones, que tenÃa una 'hoja de vida' para cada uno de los alumnos, en donde se anotaban las faltas que cometÃamos en el transcurso de las clases. Los profesores, de ese modo, tenÃan una herramienta para imponer la disciplina en las clases: "¿Asà que no trajo los materiales que le pedÃ? Anotación en el libro. ¿No estudió la lección que le mandé? Anotación en el libro. ¿hablando en clases? Anotación en el libro." De hecho, tenÃamos un profesor de castellano que nos aterrorizó entre el 85 y el 86. Lo primero que hacÃa cuando empezábamos las clases, era revisar que todos y cada uno de nosotros tuviéramos los materiales en orden: la goma de borrar, lápiz de mina, lápices de pasta rojo y azul y sacapuntas. Si a alguno se le habÃan quedado alguno de esos materiales en la casa... ¡anotación en el libro! O si no traÃamos las copias que nos mandaba hacer en la casa o durante las vacaciones... ¡anotación en el libro!
Honestamente, como la mayor parte de los adultos una vez que dejan el trabajo por el dÃa, yo me olvidaba completamente del colegio cuando salÃa de él, y querÃa dedicarme a jugar con mis autitos, mi Atari 800XL y mis amigos si los invitaba a la casa. Consideraba (y aún considero) que las tareas en la casa son una intromisión innecesaria en las vidas de los cabros chicos, que ya tienen suficiente con levantarse temprano y pasar toda la mañana en el colegio. A estas alturas de la vida, mi opinión puede parecer acertada y ser digna de ser escuchada, pero cuando era un cabro chico NO, lo que me enojaba más todavÃa. Por eso mi desempeño a la hora de hacer tareas fuera de clases era más bien bajo, porque terminaba del colegio, las tareas y los materiales extra hasta las cejas. Asà que mi hoja de vida tenÃa bastantes anotaciones referidas a las tareas.
Lo cual no era mucho problema, puesto que la hoja de vida no se compartÃa con los papás (o apoderados) sino en las reuniones particulares con los profesores jefes... hasta que, un fatÃdico año, el colegio decidió poner en marcha una de las acciones más infames que recuerdo: una libreta azul, que tenÃamos que traer y llevar los alumnos, en la que se copiaban las anotaciones con las faltas que cometÃamos, para que nuestros papás nos retaran y castigaran cuando la firmaban. ¡qué horror nos daba esa maldita libreta azul! Afortunadamente, la suprimieron poco después.
Me parece que para esa labor ya estaba la libreta de notas, ¿no les parece?
Lápices de Pasta: Bic vs. Kilométrico
Los primeros años de colegio, primero y segundo, los pasé en España, donde desarrollé mi caligrafÃa y ortografÃa hasta que adquirieron un nivel decente. Durante ese tiempo, la escritura se hacÃa con lápiz de mina, para que fuera más fácil el borrar si se cometÃa un herror error. Luego hice segundo otra vez en Argentina (de hecho, en España estaba un año adelantado al currÃculum normal) y allá, según era la costumbre, tuve que escribir con una pluma fuente que era horrible de manejar, y que requerÃa el uso constante del papel secante. Siendo zurdo como soy, la pluma fuente garantizaba las manchas de tinta por doquier.
Pero luego me afinqué acá en Chile, en donde el estándar era el uso del lápiz a pasta, o bolÃgrafo, que es bastante más racional. El colegio siempre exigÃa tres de distintos colores: azul, negro y otro rojo, para subrayar textos o para destacar lÃneas diferentes en las clases de matemáticas. A los lápices de pasta verde nadie los quiere, ¡pobrecitos!
Lápices a pasta los hay de todas formas, colores, precios y marcas, sin lugar a dudas. Pero, de lejos, los más populares en aquellos años fueron los Kilométrico, fabricados por Paper-Mate y los Bic, tanto 'cristal' como 'naranja'. Esas dos marcas fueron, de lejos, las más comunes y populares en los años en los que estuve en la educación primaria chilena. Aunque creo que la competencia final de la popularidad y la ubicuidad la ganó el Bic Cristal de toda la vida, que se ha fabricando sin demasiados cambios desde 1950.
A los Bics les tengo un cariño especial. Fueron mis compañeros de escritorio durante muchÃsimos años, y aún hoy en dÃa no es infrecuente verme con uno en la mano. Además, el ingenio escolar les supo dar usos para los que no estaban pensados originalmente, como el de cerbatana -la más clásica de todas-, tubo lanza-torpedos, con un papelito discretamente enrollado con fórmulas y respuestas en el interior del tubo transparente, o incluso extensor para rascarse la espalda, cosa en la que verdaderamente destaca si se conserva el capuchón.
De todos modos, los Bic solÃan tener una vida más bien corta en nuestras manos. Al comienzo, se perdÃa el capuchón. Pero eso no importaba mucho, porque el Bic no se seca fácilmente, aunque aumentaba el riesgo de que 'reventara' y manchara todo. Luego, desaparecÃa la tapita de la parte trasera, sobre todo si el tubo era condenado a servir de cerbatana. Y el Bic continuaba su vida impertérrito, aunque esto hiciera mucho más vulnerable a los pisotones inadvertidos (o dados con mala sangre). Además, algunos cabros tenÃan la manÃa de mordisquear su extremo. Asà que al comienzo aparecÃan trizaduras, luego el lapicero empezaba a 'acortarse' a medida que iba desapareciendo plástico de su mango... De hecho vi alguna que otra vez a compañeros escribiendo sólo con la punta y el tubo interior que tenÃa la tinta -lo cual era muy incómodo, por otra parte. Igual, eran -y son- baratos y no era difÃcil el reemplazarlos.
Los Kilométricos eran bastante más resistentes -aunque no indestructibles, doy fe de ello- pero contaban con el inconveniente de ser bastante más fomes en cuanto a usos secundarios. Además, eran completamente redondos con lo que tenÃan esa tendencia a rodar y caer de la superficie del escritorio. TenÃan, sin embargo, la enorme ventaja de ser inconfundibles aunque perdieran la tapita: el lápiz rojo es de color rojo, el azul es el azul y el negro es negro... creo que no tenÃan tinta verde, ¿o sÃ?
Las cosas fueron asà hasta que en 1988 me compré mi primer lápiz multi-tinta: era un Bic con Los Cuatro Colores De Los Lápices Pasta, que si bien era un poquito más grueso que las lapiceras comunes, era mucho más práctico al alojar los cuatro tubitos con los colores en su interior. El único pero que le encontrarÃa era que las pestañitas eran difÃciles de accionar si te habÃas cortado las uñas, pero en fin...
El hijo bastardo de aque Bic fue una monstruosidad de 10 tintas (para colmo perfumadas) que fue popular a comienzos de los 90. Eran horriblemente incómodos de manejar, por lo gruesos, y además tenÃan una forma sospechosamente similar a la de un juguete sexual, clarÃsimo ejemplo de que más no siempre es mejor.
Y el paso final en esta evolución fueron los lápices tipo 'pilot', que alcancé a usar en los últimos años de educación media y, si bien eran más caros, siempre eran más legibles, con una tinta de alto contraste, y que también son los favoritos entre los cabros actuales.
Algo me dice que, en un futuro no muy lejano, los cabros de entonces verán nuestros instrumentos de lectura y se carcajearán, incrédulos ante lo primitivos que eran nuestros amados Bics, Kilométricos y lápices 'de pasta'. Algo asà como lo que nos ocurre a nosotros cuando oÃmos que nuestros papás, ahora abuelos, tenÃan un hueco en el pupitre de madera para poner el tintero, y en donde tenÃan que mojar la pluma...
Pupitres que también usamos los primerÃsimos años de educación primaria, los de mi generación del CSPN. Acuérdense, cabros, con el hoyito para poner el tintero aún presente... o esa era duró más de lo que pensabamos todos.
Bueno, por hoy es bastante aporrear teclados. Ahà les dejo esta notita... pero les va a llegar más en cuanto me consiga el tiempo, que todavÃa hay mucho más de que hablar. ¡Hasta pronto!



Buaaaa qué emoción
¡¡¡El otro dÃa me estaba acordando de esos lápices gordos con mil colores!!!! Yo quedaba atrasada en la clase por quedarme subrayando con varios colores jajaj
La anterior soy yo, porsiaca: MarÃa Pastora
No sale el nombre jjeje
No, aun me queda un poco por
No, aun me queda un poco por trastear con esta cosa del Drupal.
Yo tambien tenia un estuche
Yo tambien tenia un estuche con "clave" y creo que tb era de star wars. jajaja
la verdad, para lo unico que servia la clave era para que los pendejos pesados vinieran y abrieran el estuche a la fuerza y se sintieran de lo mas super. como si hubieran abierto una caja fuerte.
sobre los bolsones...
los odie con toda mi alma. yo tenia uno viejo pero con cuatica. ese ke sale en la foto con los patitos era super moderno comparado al mio.
era de cuero. pesaba facil sus 2 kilos y siempre me hacia heridas cuando lo llevaba y me golpeaba con el la pierna. tenia correas para llevarlo como mochila pero dolia mas que la cresta.
las mochilas en ese tiempo eran raras y caras. por lo que yo queria un maletin. jajja
pobres niños maltratados por bolsones.
Ahhh... qué recuerdos, cuando
Ahhh... qué recuerdos, cuando competÃamos rompiendo los lápices BIC jugando al "carnúo" en los recreos. Uno de los jugadores ponÃa su lápiz en la mesa y su oponente trataba de romperlo clavando su propio lápiz en el del primero (si es que lograba atinarle!) y luego se iban turnando y ganaba el que rompÃa el lápiz del oponente primero.
La técnica más poderosa era achuntarle con la punta justo al pequeño hoyito en el cuerpo del lápiz enemigo, lo que siempre producÃa trizaduras y a veces incluso lo partÃa en dos o más partes de un solo golpe! era devastador! aunque claro, era bastante difÃcil atinarle al agujerito con la fuerza necesaria.
Recuerdo que tuve lápices que aguantaron varios combates sin romperse y hasta les ponÃa nombre, como si fueran gallos de pelea. jajajaja
Qué tiempos aquellos....
Otro hispano-chileno
Hola! Resulta que mis hermanos y yo vivimos nuestra infancia ochentera en Chile, y luego nos volvimos a España. Yo nacà el año del nefasto golpe, y hasta el año 85 vivimos allÃ. Estudié en el Col. San Ignacio "El Bosque", en Santiago. Por supuesto, con mi libreta de comunicaciones, con miles de anotaciones en el libro de clase (era un poco diablillo, como la mascota del cole). Cuando venÃamos a España de vacaciones (nosotros venÃamos cada 2 años), también venÃamos cargados de Tentes. Al ser tantos hermanos, tenÃamos los del mar y los del espacio. En casa juntábamos todas las piezas en un baúl... que conseguÃamos llenar. En tus "posts" colegiales echo de menos referencias a Papelucho. Y para mà ha sido una decepción saber que "quedarse con cuello" era una expresión temporal, perecedera, ya que es una satisfacción seguir dejando con cuello a mis hermanos.
En fin, ya sé que mezclo un montón de cosas, pero es por no poner 14 posts distintos. Algunas sugerencias: el fútbol del momento (Caszely, el zurdo Aravena, los hermanos Rojas, el Pollo Véliz, etc.), figuras como Florcita Motuda o Coco Legrand, espacios como el Happening con Ja, el ChapulÃn o el Chavo, que, aunque mexicanos, marcaron a toda nuestra generación. Quién no repite: "no contaban con mi astucia", o "fue sin querer queriendo". A mi hijo, que está aprendiendo a leer, le tengo que explicar que cuando digo "N - O, nel", es una talla.
Saludos! Chao pescao!