Cabros de los 80 - El sitio dedicado a los que pasaron su niñez o adolescencia en el Chile de los años 80
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Televisión de los 80

En los ochenta, teníamos sólo cuatro canales que estaban fuertemente censurados... pero la verdad, como éramos cabros chicos, éramos más que felices con eso.

Pitufos, en el Canal Siete los Domingos

Los pitufos en la teleEn los años ochenta, era rara la casa con más de un televisor. Sólo existían cuatro canales, de modo que mayores y menores tenían un código de conducta frente a la TV, con horarios para mayores, para menores y un tiempo de televisión compartida. En mi caso, el hecho de que hubiera una franja para los cabros chicos no garantizaba que pudiera ver lo que quería, porque compartía ese horario con mi hermana mayor, y mi criterio para elegir canal no siempre salía vencedor, con lo que tuve que tragarme la serie completa de Candy-Candy entre otras cosas. Aunque mi hermana y yo sí estábamos de acuerdo en algo: los domingos, después de almorzar, veíamos a Los Pitufos en el canal Siete.

Y así empezaba una sobremesa con muchas series animadas, como Josefina, la ballena que flotaba en el aire, 'amiga invisible' de un cabro madrileño, o los infaltables monos de la Warner Bros., o la Princesa Caballero, o Kimba, o José Miel, la abeja gay, o Yam-Yam el Genio (qué feo era, el pobre), o esa versión japonesa del Quijote en la que el hidalgo caballero era creo que un león o algo así... Y los Pitufos siempre eran los primeros.

Hoy los cabros con cable disfrutan de monitos animados todo el día en canales como Cartoon Network, y dificilmente hay pelea por el control remoto, ya que los papás tienen su propia tele en la pieza. Pero en aquel entonces las cosas eran diferentes, y como no conocíamos otra cosa, aceptábamos esa realidad dócilmente. Eran, al fin y al cabo, los años 80.

El placer de ver Tres Son Multitud cuando tienes 13 años

En 1986, mis padres se compraron un segundo televisor para instalarlo en su dormitorio y así poder ver la tele desde la cama.

ImageLo cual significaba el fin de la 'veda' televisiva de después de la cena a la que yo había estado sujeto desde que tenía memoria -por otra parte, ya era hora, caramba, ¡que ya tenía yo 13 años!-. Pero esa apertura a ver los programas a la hora que los canales estaban 'autorizados para transmitir programas para mayores de dieciocho años', según decían los locutores de continuidad con cierto retintín, estaba limitada a las noches de los viernes y los sábados, para evitar que la esforzada nana que me despertaba las frías mañanas de colegio tuviera que levantarme de la cama con una grúa.

Pero me estoy desviando del tema. El asunto es que me sentía muy mayor al terminar de comer con mi familia, darle un besito de buenas noches a mi mamá e irme al living de mi casa a ser el dueño y señor del control remoto, verdadero bastón de mando de la casa, encender la TV, ver el angelito despidiendo a los niños a la cama -niños menores que yo, claro-, y escuchar las palabras mágicas, "...para mayores de 18 años". Con lo que parecía estar cumpliendo un rito de iniciación a una adultez aún más imaginada que real. Aún estaba yo a un lustro de ser 'mayor de 18 años', pero al fin y al cabo suponía yo que ya tenía criterio para ver esas cosas... que, por otro lado, no eran tan morbosas como uno podría entender de tanto aparato: la programación nocturna no eran escenas de cama, ni farándula ni escenas de persecuciones en las autopistas de los EE.UU... a lo más la violencia habitual en las películas de Hollywood -de diversa calidad-, el doble sentido de las sitcoms enlatadas directamente de la USA y alguna que otra comedia pícara. En los ochenta la TV era diferente, más benigna, menos seria. O eso piensan mis recuerdos.

Una serie de dibujos animados: Érase una vez... El Hombre

Es curioso observar lo bien que vende la nostalgia. Aquí en Europa, podemos gastar nuestros Euros en colecciones de series infantiles que se emitieron hace más de veinte años, y la variedad de series es inmensa: desde aquellas de las que apenas guardo un vago recuerdo, por ejemplo, Banner y Flappy, hasta las que se hicieron famosísimas en todo el mundo, como Heidi o Marco. Y podemos comprarlas en los quioscos como colecciones independientes, junto con algún diario, a través de Internet o bien por medio del infame márketing directo.

Aunque me parece que en el fondo esta invasión de series animadas antiguas no es más que un montaje de márketing para que los que ahora cuentan treinta y tantas primaveras y algún que otro hijo al que entretener -bajo la falsa premisa de que lo que les gustó a los padres le tiene que gustar a los niños-, he de reconocer que, como nostalginauta que soy, todas estas colecciones son un verdadero filón para mí y para este humilde blog. Es por ello que he decidido poner mis ojos en una de las pocas series añejas de animación de las mejores que se ofrecen en ese lote. Me refiero a Érase una vez... el Hombre.

El Gran Héroe Americano

Te seré sincero, amigo lector. Nunca me han gustado los superhéroes. No me siento identificado con ellos, en general son demasiado... vacíos, presumidos y prepotentes, con perdón.

Mi escepticismo también se extiende hacia el género escapista, el protagonizado por seres ultra-mega-recontrapoderosos, sea física, intelectual o económicamente, a los que no les cuesta ningún esfuerzo conseguir lo que se proponen. Porque a mí, que soy tan humano, debilucho, de inteligencia mediana y pobretón, me patea el hígado. Mucho. Así que no te voy a ocultar que lo que siento hacia los superhéroes (y derivados al estilo Dragon Ball) es una envidia fenomenal.

Lo que sí me agradan son las sátiras que demuelen el género, sobre todo las bien intencionadas. Y del género de los superhéroes, una de las mejores fue la serie "El Gran Héroe Americano", que se vio en las pantallas de TV chilenas y del resto del mundo a partir de 1981. Superhéroes patosos ha habido por montones, pero de la talla del personaje que encarnó William Katt con su melena rizada, muy pocos.

Generación televisiva

Esta es mi primera nota aquí. Como "cabro de los '80" le agradezco a Miguel su invitación para ser parte de este proyecto, que puede ser ambicioso, porque hay mucho de qué escribir, pero también es una tarea muy gratificante.

Sankuokai

A mediados de los años 80, los cabros de aquel entonces solíamos acompañar el Milo y las tostadas de las once con Sankuokai, que emitía el canal UCV cuando el sol empezaba a ponerse.

Recuerdo vagamente el argumento principal de la historia. Al parecer, en un futuro muy lejano, había un grupo de ultra-malos que querían conquistar el universo. Pero afortunadamente había un grupo de ultra-buenos que tripulaban una astronave que más se parecía al Caleuche que a una nave espacial y podían convertirse en ninjas o algo así, para pelear contra las criaturas de los ultra-malos que, obviamente, eran ultra-malas. Y había un robot que supuestamente era inteligente, pero como cada vez que aparecía era para decir una estupidez, al final me daba rabia verlo. Uno de los buenos se llamaba Hayato, y me acuerdo de ese nombre porque por aquel entonces estábamos estudiando el 'hiato' en castellano y algunos de mis compañeros confundían la secuencia de dos vocales que no se pronuncian dentro de una misma sílaba con el nombre del super-bueno asiático.

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